Meditar es aprender a morir

“Enseña a morir antes y que la mayor parte de la muerte es la vida y ésta no se siente y la menor, que es el último suspiro, es la que da pena “

Quevedo

Meditar es aprender a morir… Meditar es aprender a morir… Meditar es aprender a morir.

Quizá recite esta frase como un mantra, para sentirlo, para interiorizarlo, para entenderlo, para comprenderlo, para aceptar que es así, que la vida es así. Y amar la vida tal y como es.

La vida es… como es, no como nos gustaría que fuera. Meditar es aceptar que esto es así, que es así hasta las últimas consecuencias, que es así también ante el tabú que oculta nuestro miedo más ancestral: el miedo a la muerte. Reflexionar sobre la frase “Meditar es aprender a morir” es darte cuenta de que la meditación te va dando consciencia y te va familiarizando progresivamente con dos pilares que sustentan, necesariamente, el hecho de la vida misma: estos pilares son el desapego y la aceptación.

Y digo “necesariamente”, porque sin ellos la vida carecería de sentido, la vida sería una especie de juego macabro en el que alguien, sin demasiado juicio, nos obliga a participar. A mí se me ocurre que la vida, y todo lo que contiene, nos da tantos ejemplos de un funcionamiento tan perfecto, tan medido, tan estudiadamente complejo y mágico, que es imposible pensar que su plan obedezca, sea fruto o se exponga, a los caprichos del azar.

Según creo, en este mundo que conocemos (y sospecho que también en el que nos queda por conocer) todo lo que existe se articula en “dualidades”. Por mucho que intentemos, de uno u otro modo, soslayar el hecho inevitable de la muerte, el binomio vida-muerte, es el más significativo ejemplo de todos ellos. No puede haber una sin la otra. Por mucho que queramos obviar esta realidad en nuestro día a día, la muerte es consustancial a la vida. Vida y muerte son dos caras de la misma moneda, como el ying y el yang, las energías positiva y negativa que articulan todo el universo; así como, según dice el Bhávana, “todos los seres, inferiores como superiores, participan de la misma vida, formando en el espacio infinito un solo cuerpo cósmico o místico”. Meditar te adentra progresivamente en el camino que va añadiendo consciencia a tu vida.

Meditar te acerca a la verdad: que todo es Uno, sin principio ni fin. Meditar repliega tus sentidos para que los orientes hacia tu interior (cosa que rara vez haríamos de no ser por la meditación) para que observes, para que te observes, para que sientas, para que te sientas, para que te des cuenta de cómo eres, de quién eres en realidad, para que encuentres dentro de ti lo que es lo mismo que lo que es afuera.

“Om. Indivisible felicidad es que yo soy la imagen de Dios. Esto es verdad. Para alcanzar esta suprema y transcendente verdad son necesarias una perfecta alma y una mente ecuánime. Al alcanzarla conocemos de nuestra inmortalidad, que somos sin principio ni fin. Surge entonces en nosotros el anhelo de querer compartir esta dicha con todos los Seres”.

Es en este punto donde se instaura la aceptación: “lo que es, es”. Dentro, fuera, arriba, abajo… en mí y fuera de mí. La vida y yo  somos una y la misma cosa. Todo lo demás son modificaciones, son aspectos, es potencialidad expresada y manifiesta según “X” circunstancias. Desde la meditación, tanto lo Uno como lo manifestado es aceptado. Y amado.

Meditar es aprender a morir. Aprender que cada segundo se vive y se muere al mismo tiempo. Que cada segundo nace y muere a la vez. Que somos parte de un ciclo constante y necesario en cada una de sus fases. También en cada una de las experiencias que conforman nuestra existencia, incluidas las más amargas o las que no entendemos. Que todo tiene luces y sombras y que el apego nos impide interiorizar como real, justo y necesario, todo  aquello (y subrayo ese “todo”) que escape a nuestra capacidad de aprehensión de los hechos o que suponga sufrimiento. Así sucede también con la muerte.

Sin meditar, no entendemos que, con independencia de la esencia que nos trae cada experiencia, cada segundo que vivimos forma parte de un plan perfecto y estudiado que nos hace conocernos tal cual somos, que nos hace crecer y evolucionar. Sin meditar, como decía Quevedo, sólo entendemos la muerte como el final de nuestra vida y esto nos da pena.

Al meditar se incrementa nuestra consciencia y con ella el desapego y la aceptación de la vida, con sus tragos dulces y sus tragos amargos. La vida y la muerte adquieren una nueva dimensión, un nuevo significado y un nuevo sentido que nos lleva a apreciar y a disfrutar de su singularidad y belleza. La vida es hermosa tal cual es y meditando cada día, se aprende a vivir… y a morir.

SAMAYA

Febrero, 2009 – Curso de Psicología Yóguica y Meditación – Escuela Naradeva

Perfecto, pero no tanto


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Me he preguntado varias veces, a lo largo de este año, cómo debería hacer y cómo debería ser el trabajo que es necesario presentar como requisito para la obtención del título de Profesora de Yoga.
Pues bien, con el tiempo y la propia influencia de lo estudiado, aprendido y meditado durante el curso, la respuesta se abrió paso ante mí como una verdad incuestionable de la que además sentirme satisfecha.

Empecé el curso tomando apuntes, como cuando estudié en la universidad, grabando clases y pasando todo a limpio hasta que quedaba “niquelado”. Adquirí muchos conocimientos, recopilé mucha información, sin duda, pero aún me quedaba lo más importante por aprender.

Ananta siempre dice que cuando acudimos a los cursos de Naradeva, obtenemos tres cosas: información, formación y transformación.

Hasta la quincena de agosto mi trabajo de fondo era “perfecto”, leí (incluso resumí) muchos de los libros de la bibliografía y llevaba mi trabajo (no sin gran esfuerzo) al día. Sentía que estaba aprendiendo un montón y que, como siempre, tenía “todo controlado”, “todo perfecto”, como a mí me gusta.

Desde la quincena de agosto (prestando atención a mi presente y aceptándolo como era y como sigue siendo) comprendí que debía variar mi forma de hacer las cosas. No sólo en el curso; también en mi vida.

He sentido la liberación de hacer lo que se me pide, pero a mi medida; por y para mí. No es perfecto. Simplemente es. Es hasta donde llego y hasta donde soy capaz de dar. Y lo acepto. No me importa lo que nadie piense sobre él. Yo sé lo que hay en él y lo que significa para mí.

Empecé a tomar apuntes de forma que no tuviera que trabajar pasándolos a limpio. Empecé a leer los libros sin más o a subrayar en ellos lo que me gustaba. Empecé a interiorizar que nada es perfecto (una cosa es saberlo y otra darse cuenta de verdad). Y descubrí que todo lo que estaba aprendiendo lo disfrutaba aún más, si cabe. Incluso me permití no tomar ningún apunte en la última clase de Ananta. Y sé que, lo que ese día dijo, aflorará algún día en mis labios, en alguna de mis vidas. Lo más importante era abrir mi alma para que él plantara la semilla. GRACIAS.

Después de muchos años de esfuerzos académicos, he descubierto en este curso por qué siempre he tomado o elaborado mis apuntes con lapicero: me permite seguir modificándolos hasta el infinito, sin demasiado esfuerzo, incluso en la misma clase.  Por Dios, ¡qué obsesión con considerar que siempre se puede mejorar!

Dice Dyer:

“El empuje para lograr cosas y triunfar proviene de las palabras más autodestructivas de nuestra cultura. Tú las has oído y usado mil veces: ‘¡Hazlo lo mejor que puedas!’ Esta es la piedra de toque de la neurosis del éxito y el logro. (…) Trata de cambiar ‘Haz lo mejor que puedas’ por simplemente ‘Hazlo’. Perfección quiere decir inmovilidad.”

Tus zonas erróneas. Guía para combatir las causas de la infelicidad;

Wayne W. Dyer, (pp. 172 y 174), Debolsillo

Y la inmovilidad es contraria al crecimiento.

Así pues, mi trabajo está hecho recogiendo los tres aspectos del legado de Naradeva; porque he adquirido información y formación, pero, además, la experiencia vivida , más allá del conocimiento, ha sido totalmente  transformadora. Ha marcado un antes y un después en mi vida.

Y me siento más orgullosa y satisfecha que ninguna de las veces en que me han evaluado anteriormente, más allá de sobresalientes y matrículas, por todo lo que he aprendido y porque lo he llevado a la práctica, no como un ejercicio o una obligación, sino como un gesto natural. Como algo que he integrado, en realidad “que he puesto al descubierto”, en mi persona. Me gusta que el resultado de este proceso , parte crucial del curso, se refleje también en mis apuntes.

Me amo y me acepto como soy.

“LO QUE ES, ES”

Samaya

MI BLOG

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Al apasionante mundo del Yoga sé muy bien como he llegado. A esto del blog todavía tengo que acostumbrarme, pero por mí, que no quede, tanto para lo uno y como para lo otro.

Cuento para este reto cibernaútico con la colaboración de amigos y familiares. Os quiero mucho a todos, así que, aquí tenéis un huequecito…

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